Restaurantes a puerta cerrada

Restaurantes a puerta cerrada

Hace unos diez años, aparecieron en Buenos Aires los primeros restaurantes a puerta cerrada. Se trata de casas particulares en las que, durante los fines de semana, un chef (que suele ser también el dueño de casa) abre su cocina e instala no más de media docena de mesas para ofrecer, a unos 15 o 20 comensales, una experiencia que excede lo exclusivamente gastronómico.

Esta tendencia es la versión argentina de los tradicionales paladares cubanos, también restaurantes que funcionan en casas familiares, y de los pop-up restaurants norteamericanos, restaurantes temporales que se instalan por una noche en cualquier lugar disponible para que un chef que no tiene suficiente financiación para montar su propio local muestre sus habilidades.

De estos últimos, se tomó la idea de club más o menos clandestino a cuyas coordenadas se accede a través de las redes sociales (el contacto suele ser vía Facebook o mail y solo tras reservar se obtiene la dirección del lugar).

La experiencia consiste en descubrir platos de una cocina específica preparados por un chef profesional en un ámbito más privado, más cordial y sin el vértigo de un restaurante.

La diferencia no es el tipo de cocina o de calidad en los ingredientes, sino el compromiso por parte de quien cocina, pues comparte su casa y también, a veces, su historia personal a través de sus recetas.

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